6.10.06

Nenúfar, paisaje acuático, nubes, 1903

Esteban Chinchilla


nenúfar.

(Del ár. naylūfar, este del pelvi nīlōpal, y este del sánscr. nīlautpala, loto azul).
1. m. Planta acuática de la familia de las Ninfeáceas,
con rizoma largo, nudoso y feculento,
hojas enteras, casi redondas, de pecíolo central y tan largo que, saliendo del rizoma,
llega a la superficie del agua, donde flota la hoja;
flores blancas, terminales y solitarias, y fruto globoso,
capsular, con muchas semillas pequeñas,
elipsoidales y negruzcas.


Caminando, haciendo la ficción del luto, entre el croma indeciso de cuando llega la noche y la noche es luna llena, distraído por el ruido del tránsito en medio de la parte linda de San José, ahí por el parque España, contando las hileras de hormigas inmigrantes del Morazán, escuché en la voz ronca de los parlantes de un camioncillo, que ese día cambiaba la hora en las ciudades de Europa. Me vino una imagen inmensa a la cabeza, la de todos los relojes de las casas, el de la catedral de Ruán, los relojes de los hospitales y de las funerarias, cambiando al unísono, estropeando los ritos certeros de todo tipo de reses europeas: era el primer día de la primavera y hacía un año que necesitaba escribirte estas palabras.

Cómo convertir este recuerdo en ese cuadro de Monet que tantas veces me explicaste, “no es que el señor haya sido un loco, nada de eso, sólo le hacía un homenaje a su mujer, en el lecho de muerte”, Camille, que así para desgracia mía también te llamabas, como la mujer azul del viejo francés. Cómo hilar entre los acontecimientos pequeños (si tal cosa existe) y aquellos que son el día en que el estanque lleno de Nenúfares, se convirtió en el cauce de un río, la boca de una ballena, Jonás me llamo yo amor, no era tu parte de la trama caer en el río, que para mi fue la boca de una ballena, y para occidente es tan sólo ese cuadro azul, poblado de Flores acuáticas: “Nenúfares, paisaje acuático, nubes, 1903”, lo mismo que la paz que queda cuando alguien muere y es enterrado. Cuando alguien muere… (si tal cosa existe).

Necesitaba siempre escuchar tus palabras, escucharte hablar de los trazos de la gran obra de la vida, su concierto incesable, su intrínseca soledad de vuelo de pájaros que en la madrugada, le dan sentido a la poesía, a la obra inédita del latido y la respiración, el surco violento de la nostalgia, que puede encontrarse en todo lo mirado a través de los ojos del invierno. Necesitaba siempre la rueca y la aguja de tus palabras, tejiendo sin medida promesas de agua, besos de miel en cada esquina del día, en el ejercicio de la reconciliación, el tiempo fallido, las cosas seriamente perdidas para siempre y otras, tan recuperadas, arqueología de lo humano, campanas del alba que al viento suenan. Necesitaba llamar a las estaciones por su nombre, cargar deliberadamente las palabras muertas de mi verso, y llevarlas junto al río. Esa tarde, hace ya un año, alguien dijo en la radio: “llegó la primavera en las ciudades europeas”.

Por eso era natural quitarse el abrigo, cargar la sombrilla, reconocer que el color comenzaba a empujar la flecha del tiempo hacia los causes, ir a conocer el Aare, retratarnos en la rivera occidental de nuestro amor adolescente, caminar disfrutando de la ficción del instante tomados de la mano por algunos segundos, observarte a unos pasos de distancia, cómo volteabas de pronto, pequeña centrífuga de tus hombros, tu mirada perdida, lúgubre, mientras el viento te mueve hasta hoy la falda blanca, aquí dentro, un año de distancia, tantos pasos de tiempo. El paseo, mujer con sombrilla.

Discutíamos si lo digital era fotográfico, si llegaría el día en que lo químico sería número, mientras yo completaba el círculo de la ignorancia intrínseca de todo lo humano, disertando con seguridad en defensa de mi Nikon mecánica, las emulsiones, el azar, y que Sebastião Salgado y que Bresson. Ese día me explicabas con tu ojo clínicamente intratable, que observara bien cómo la miopía había hecho tanto bien al arte. Me decías “¡cerrá un poquito los ojos! verás que del cuadro sale otro cuadro nuevo”. Pero qué mujer era esta, que tan ciega y tan clarividente, veía un cuadro de Monet ahí mismo sembrado en los paisajes, sembrado en mis ojos, reproduciendo miles de cuadros más, infinitos trazos, infinita música del color, infinitos fotogramas; tal vez de ahí el mareo, ese vértigo-Camille, porque tu signo era de agua, y esa noche era último día de luna. Tal vez de ahí resultó tu mano a unos metros de la mía en un gesto parecido al de mi hermana, la pequeñita, diciendo adiós, pero en caída libre de pájaro que en la madrugada… yo quería gritar Azul en vez de tu nombre, azul azul azul en los remolinos del agua, y luego la corriente, acaso no habíamos hablado de eso, de la corriente, cómo fue posible que te arrastrara así, qué paso hacia lo desconocido te impulsó mi sentido del olfato, que me decía dispara, 40mm, no te distraigas con el cuervo, ella se va para siempre, mi impresionista favorita, la cámara logró fotografiar la ausencia de tu rostro, el paso hacia atrás sin retorno, primero un golpe grave de timbal afinado, como cuando se tira una piedra pesada en un estanque profundo… distorsionado sea el signo de lo real, que llueva, que llueva, la virgen de la cueva, y la realidad fue óleo, y la muerte fue óleo y mis ojos de óleo fueron de lluvia.

La vi ahogarse entre los colores de aquel río. La vi para siempre convirtiéndose en un nenúfar.

2 comentarios:

Blanca dijo...

Gracias por dejar tu huella en mi mundo y darme de paso la oportunidad de conocer el tuyo. He leido esta historia y me ha encantado...
Un abrazo.

Anónimo dijo...

Vengo de anonimo porque da verguenza decirte tanto lo mismo. Hasta ahora lo leo Esteban... Hasta cuando vas a dejar de poner palabras a eso que me revolotea en la cabeza? Y si el trato fuera, vos las palabras y yo los pajaros?
Te mando un beso por escribir esto.