6.10.06

La Grúa


Esteban Ch.




El olor del aceite industrial, como el usado en los trenes viejos guardados en el taller de Incofer, me recuerda algo que no preciso, tal vez me recuerda algo como los nidos de Oropéndola añejos que encontramos, cuando limpiamos la casa. Me encanta ese olor del aceite usado, el olor de la modernización en marcha detenida. Así olía La Grúa, hermoso caballo de metal para el progreso, erguida con elegancia, sola, brutalmente sola e inútil en un puerto sin barcos y sin marineros.

Corrí despavorido hacia la imagen, cuando tuve conciencia de la composición debida, esas nubes que amenazaban con llenar de significado a la palabra invierno y con estropear mi cuadro en unos cuantos segundos, sabiendo que me llevaría al Caballo de Troya nocturno, en grises. Corrí despavorido, pues nunca antes tuve tanta certeza de fotografiar lo que no se puede fotografiar, la ausencia del trabajo, esa bulla bestia de las maquinas de los barcos, la jerga de un puerto argentino que está lleno fantasmas. Siempre ha sido un problema cómo hacer estas fotos instintivas e inmediatas, si hay tan poquita luz, tal vez llevando al extremo las posibilidades químicas de la realidad rioplatense, muy al estilo de cuando es la madrugada y llevamos al extremo las posibilidades químicas de la sangre.

Recuerdo poner ojos a la obra, esconderme un poco tras la cámara que hace pocos meses compré en una casa de empeño que se llama “La Cueva”; está como nueva, llena de maravillas automáticas que no entiendo. Me encanta el peso de la cámara en mi mano izquierda, mi máquina de hacer pájaros, cajita de música, Jack in the box, eso es la vida, moraleja, eso no es la vida. Pero moviéndome alrededor de La Grúa, queriendo capturar los conejos blancos de las nubes, que enseñaban los dientes a la noche, comencé esta extraña danza que les cuento.

Ese equino gigante se movía, lo juro, los fierros crujían, quedaba demostrada la grandeza del movimiento universal, y en su lomo, obreros de los albores del siglo XX, obreros de todos los siglos, domando esa bestia del progreso. Sembradas las patas del animal herrumbrado, mientras la brisa fría era mi compañera de tango. Yo quería tener la máquina correcta para hacer esta fotografía de la locura, del transcurso de los países en los que nos ha tocado nacer, hermanos latinoamericanos, hacer una revolución pequeña y otra grande. Resentir con mayúscula el Abandono, la Indiferencia, la Desigualdad, tener ganas de cruzar la ciudad entera con un rótulo en el que se lee “Canje de Recuerdos” y olvidar el olor de las palomas, ese olor que nos hace sentir en Venecia estando cerca del Templo de la Música, ahí por la Escuela República del Perú. No es un eclipse, es la luna detrás de La Grúa, la luna viene bajando entre nubes de platino y dos estrellas de coral, y parece asomar su cara en los diques de Puerto Madero.

5 comentarios:

Sirena dijo...

Ey, no estás protegiendo tus cosas. ¿No pensás poner una licencia de creative commons? No sea que alguien te robe tus poemas y cuentos. Son buenos.

tierrablanca dijo...

Hola Sirena!! Nunca había pensado una cosa así!

voy a ver cómo se hace eso!


Gracias por leer y las palabras.

Abrazo

silvia piranesi dijo...

Acá está tierroso:

http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/

carlitos dijo...

y si se lo roban, serás plagiado antes que famoso, ¿no te suena a virtud?

tierrablanca dijo...

Sí Carlitos!! sería virtud! sería como un halago medio oscuro. Abrazo Carlitos!